A caballo entre New York y Miami, Daniel Arsham es uno de los artistas visuales más singulares e innovadores de las últimas décadas.

Narra la mitología que el dios Dioniso confirió al Rey Midas el don de convertir en oro todo lo que tocaba debido a su hospitalidad, referencia ineludible al contemplar la obra del artista estadounidense Daniel Arhsam, quien no convierte todo en oro con solo el tacto, pero consigue dejarnos de piedra en sentido literal y figurado gracias a sus piezas de arqueología contemporánea, mientras todo muro a nuestro al rededor parece derretirse en un ejercicio de excelsa creatividad, falto de corona pero sobrado de talento.

Su obra es extensa y variada desdibujando los límites entre las múltiples disciplinas artísticas, tocando casi todos los palos posibles, escultura, arquitectura, pintura. Explorando las posibilidades de la física y el tratado de los materiales industriales para la construcción de sus piezas. Un proceso donde las posibilidades de lo manufacturado y la propia intención del artista chocan con la causalidad y el poder de las acciones aleatorias, dando como resultado composiciones y superficies que desafían los estándares de la física, convirtiendo la ley de la gravedad en una poderosa aliada.

Mediante la inserción de formas escultóricas sobre superficies arquitectónicas, Arsham, desafía nuestra percepción del espacio físico circundante realizando ecuaciones de improbable conexión con la realidad, haciendo emerger de las paredes siluetas humanas envueltas en una amalgama de pliegues que parecen derretirse y ondularse sobre el contorno del volumen saliente. Techos, paredes, esquinas, cualquier rincón puede dejar de ser convencional para desarrollarse hacia nuevas e insospechadas formas.

Los procesos de erosión y sus efectos son uno de sus fetiches estéticos predilectos. Apropiándose de objetos tecnológicos para darles forma esculpida con una curiosa pátina de ruina, originando así toda una suerte de arqueología contemporánea, instrumentos del siglo XXI que bien pudieran haber sido extraídos de los restos de cualquier civilización postrera. El uso de materiales granulados como vidrio molido le proporciona gran versatilidad a la hora de crear, dando forma a superficies rocosas y cristalinas a punto de desintegrarse, presas del desgaste y la erosión.

Graduado en la Cooper Union de Nueva York en 2003, le ha sido otorgado el prestigioso galardón Gelman Trust Fellowship. El trabajo de Arsham ha destacado también gracias a su labor e iniciativa por fundar espacios autogestionados para artistas alternativos en Miami tales como Placemaker, y The House. Dentro de la variedad de su producción encontramos lienzos cuyos protagonistas son animales que contemplan la aparición de formas flotantes en entornos naturales y efigies de la antigüedad impregnadas de formas rígidas y figuras geométricas cargadas de fuerza e intensidad dramática. Una de sus instalaciones más laureadas consiste en gigantes nubes colgantes construidas a base del estudio de pixeles fotográficos entorno a las cuales la audiencia puede deambular.

Íntimo amigo de artistas como Pharrel y Woodkid, Daniel Arsham ha declarado en varias ocasiones como los recuerdos de su infancia son un referente constante en su labor artística, haciendo mención especial al paso del huracán Andrew por Florida, con todo el caos y destrozos que ocasionó. Impronta que quedaría patente en su forma de percibir la realidad, la capacidad de la solidez para ser desestabilizada, tal y como todo puede ser absorbido y aniquilado en cuestión de segundos, mensaje posible sobre el ocaso de una civilización cuya obsolescencia tecnológica puede ser tan lejana como ficticia. Visiones de pesadilla o mundos oníricos, todo depende del ojo observador.

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